Esta empresa familiar creada en Lautaro en 2007 se encuentra, según las palabras de su cofundador Julio Díaz, en una etapa de transición hacia la “bioeconomía circular” al producir y elaborar sus propios fertilizantes para sus dos tipos de cultivos, con lo cual han podido abaratar costos. Partieron elaborando té de compost y ahora están haciendo ensayos con un sustrato de biochar inoculado, una especie de carbón vegetal producido por pirólisis, y ácido piroleñoso, un subproducto de la pirólisis.
12-jun-2026
Fuente y Fotografía: País Circular
La empresa Arantruf (Arándanos y Trufas) nació en 2007 cuando la familia de Julio Díaz decidió comprar un campo de 28 hectáreas en un sector rural de Lautaro, localidad ubicada a 30 kilómetros de Temuco y cuna del poeta Jorge Teillier, en el que pretendían producir arándanos y trufas. El artífice de la compra fue el hijo mayor de Julio Díaz, Jorge, quien por entonces estudiaba ingeniería en ejecución agrícola en Temuco. Decidieron plantar 7,5 hectáreas de arándanos y 5,5 hectáreas de trufas negras. La innovación estuvo desde el día uno.
"Lo hicimos con la particularidad de que plantamos orgánicos desde el primer día. Nunca le hemos echado pesticidas ni químicos convencionales a nuestros huertos. No fue por un tema económico, porque la diferencia de precios entre los arándanos con los otros no era tan alta. Nos motivaba plantar cultivos que no estuvieran sometidos a la presión nociva de ningún tipo de pesticida. Y terminó dando unos arándanos orgánicos de calidad y sabor superior", comenta Julio Díaz, gerente general de la compañía, respecto de la decisión inicial de plantar cultivos orgánicos y no depender de ningún agente químico.
Al principio fue difícil ir a contracorriente de las recomendaciones de los expertos. Combatir las malezas fue un inmenso desafío, y la existencia de pocos fertilizantes certificados para uso orgánico les reforzó la complejidad de la decisión. Sin embargo, la perseverancia en la idea demostró que sí era posible cultivar orgánicamente. La idea de crear un fertilizante propio, no obstante, quedó dando vueltas en las mentes del emprendimiento familiar.
Así fue como en 2017 se empezaron a involucrar enérgicamente en la fabricación del propio compost para ser usado como fertilizante de sus arándanos y trufas. Hasta entonces los únicos fertilizantes que usaban eran ácido húmico y extractos de algas, pero eran emergentes. Nadie tenía mucho conocimiento al respecto. "Fuimos aprendiendo a punta de porrazos, ensayo y error. Nos acordamos de un vecino que tiene como 15.000 vacas y que botaba el estiércol. Nos empezó a regalar ese estiércol y comenzamos a hacer nuestro compost con restos de paja, comprábamos fardos. Y nos empezó a bajar los costos en materia de fertilización. El problema es que el compost no es de rápida asimilación por las plantas. Hace falta una o dos campañas para que se note el efecto", recuerda Julio Díaz.
Arantruf desarrolla así su propio té de compost, al que le sumaba restos de podas y polvo de roca, y se daban el tiempo para incorporar otros nutrientes y probar sus resultados. Fueron varios años de aprendizaje hasta que, hace cuatro años aproximadamente, Julio descubrió el bokashi, otro tipo de fertilizante, de origen japonés, que a diferencia del compost tradicional que se produce mediante una descomposición aeróbica (con oxígeno), se elabora mediante un proceso de fermentación controlada con microorganismos beneficiosos. Díaz percibió más ventajas en el bokashi.
"Vimos que los nutrientes son más altos en el bokashi que en el compost, y también había más colonias de microorganismos. El bokashi se demora unos 40 días en hacerse, y el compost, un año y medio, y en invierno había que taparlo, sobre todo en esta zona del sur. Entonces nos pasamos 100 por ciento al bokashi", agrega Díaz, quien comenzó a recuperar los descartes de cascarillas de avena para producir el bokashi requerido para sus cultivos de arándanos y trufas.
Cuando ya decidieron cambiarse al nuevo fertilizante, la familia Díaz compró dos estanques de 5.000 litros a través de los cuales produjeron 10.000 litros semanales de té de bokashi. "Los tiramos por fertirriego y a nivel foliar y nos dimos cuenta cómo bajaban los costos de fertilización. Además, el bokashi tiene un efecto más rápido. En el transcurso de dos o tres meses una lechuga puede asimilar esos nutrientes. Con el compost no pasa eso", advierte el emprendedor.
"El 60 por ciento de nuestro presupuesto de fertilización eran puros bactericidas y fungicidas permitidos para uso orgánico. Desde que tenemos bokashi no ha habido aparición de botrytis cinerea, el principal hongo que ataca a los arándanos", revela el cofundador de Arantruf. "No puedo decir que lo extinguimos, pero sí que logramos controlarlo bastante".
De todas maneras, la empresa familiar se encuentra en una constante innovación en la variedad de residuos con los que produce el bokashi. Han llegado con ello a aplicar, según Julio Díaz, el concepto de "bioeconomía circular", ya que cada día que pasa logran establecer nuevos estándares para fabricar sus propios fertilizantes.
"La empresa tiene que ser rentable si uno quiere pagar buenos sueldos a sus trabajadores. El negocio del arándano estuvo complejo hace cuatro años, entonces había que buscar eficiencia, y la eficiencia pasa por bajar costos. Un costo importante era la fertilización más los bactericidas y los fungicidas. Al empezar a usar residuos de restos de poda, estiércol, paja y cenizas, bajamos nuestro costo operativo. Y si aplicas la economía circular con tus propios residuos lo puedes transformar en una parte importante en la disminución de costos de tu proceso productivo", se explaya Díaz.
En particular con el tema del estiércol, Arantruf evita la descomposición de este residuo en metano y CO2, dos de los principales gases de efecto invernadero. Aún sigue usando el estiércol que le regala el vecino. "Nuestro campo es chico, de 28 hectáreas, no tengo superficie para tener animales. Y nosotros necesitamos volúmenes, cerca de 50 metros cúbicos al año y evito que al vecino se le descomponga este guano".
El último gran descubrimiento de Arantruf, y que se encuentra probando en tomates, es un sustrato con biochar inoculado. El biochar es una sustancia aún no tan conocida en la industria agrícola, que consiste en un carbón vegetal obtenido del proceso de pirólisis, es decir, de combustión sin uso de oxígeno. Casi al mismo tiempo, Julio Díaz advirtió un volumen importante de plantaciones forestales que rodean su campo incendiadas y otras derribadas por una especie de tornado que azotó la zona hace algunos años.
"Pensábamos que con el té de bokashi estábamos llegando al techo, pero conocimos el biochar. Nosotros estamos en Lautaro camino a Curacautín, somos un huerto precordillerano, y estamos rodeados de plantaciones forestales. Esta especie de huracán quebró por la mitad árboles de 12 años próximos a ser cosechados, entonces había mucha materia en el suelo. Eso combinado con la seguidilla de incendios que hubo por la zona", recuerda Julio Díaz.
Hoy el biochar lo produce Arantruf como una nueva alternativa de fertilizante a través de una alianza con una empresa forestal y comunidades mapuches. "Rescatamos residuos forestales que generarán gases de efecto invernadero por descomposición y también evitamos la generación de incendios forestales. Aquí está trabajando la agricultura circular", añade el emprendedor.
Según Díaz, la madera pirolizada consta de un montón de beneficios para la agricultura. El principal es que secuestra metano y CO2, por lo que ya se está negociando biochar por venta de bonos de carbono, ya que puede durar hasta 1.000 años sin descomponerse. "Tiene mucho potencial y en Chile aún está como queriendo partir. Ya está muy fuerte en países como Estados Unidos y Tailandia", revela el fundador de Arantruf.
"Se puede pirolizar todo: pasto, paja, estiércol, madera. La diferencia de calidades depende de la materia prima, y el que tiene mejor calidad es el de madera. Como está sometido a altísimas temperaturas, se producen en el biochar microporos que los puedes ver con microscopios muy especializados. En esos microporos se puede almacenar agua. Le gusta a los microorganismos benéficos. Es un hábitat que los protege", analiza.
Julio Díaz y Arantruf no dejan de imaginar nuevas alternativas de fertilización. A las pruebas del sustrato de biochar en tomates se suma el ácido piroleñoso, un subproducto que se saca del proceso de pirólisis. "Convertimos el humo que sale por las tuberías de nuestro horno de pirólisis en líquido", explica Díaz. Este ácido piroleñoso puede ser usado como fertilizante vía foliar, ser un bactericida o fungicida y hasta un herbicida, sujeto a la concentración que se aplique.
"Ya no tenemos hongos, el producto espanta las moscas también por el humo. Veremos qué pasa el próximo año. Hemos pensado en vender el sustrato de biochar como fertilizante. Los ensayos son auspiciosos y tienen buenas proyecciones. Estamos complementando una agricultura circular con puros desechos y alianzas con grupos de comunidades mapuches y empresas. Este proyecto no tiene financiamiento público, sólo se sostiene con recursos de la empresa. La gracia que tiene el ácido piroleñoso es que a través del ácido acético, que a su vez tiene una fitohormona, puede introducirse dentro de los tejidos de la planta por la corteza y puede transportar nutrientes", cierra el emprendedor.