Desde Coquimbo, la startup chilena TACHI desarrolla bioestimulantes basados en microalgas de agua dulce, una solución ya aplicada en más de 400 hectáreas de cultivos de exportación y que apunta a mejorar la eficiencia hídrica y fortalecer los suelos.
12-jun-2026
Fuente y Fotografía: Diario Frutícola
En una agricultura cada vez más tensionada por la falta de agua, el deterioro de los suelos, el aumento de las temperaturas y la necesidad de producir con menores impactos ambientales, las soluciones biotecnológicas comienzan a ganar espacio en el campo chileno. Ya no se trata solo de producir más, sino de producir mejor: con mayor eficiencia hídrica, mejor salud del suelo, menor dependencia de insumos convencionales y herramientas que permitan enfrentar el cambio climático con evidencia en terreno.
En ese escenario aparece TACHI BIO, una empresa biotecnológica chilena nacida en el norte del país, que está desarrollando soluciones basadas en microalgas de agua dulce para la agricultura. Su propuesta combina ciencia aplicada, tecnología, regeneración de suelos y eficiencia en el uso del agua, con un objetivo claro: entregar una herramienta concreta para productores que enfrentan condiciones de estrés hídrico y suelos cada vez más exigidos.
Desde su planta en Coquimbo, la startup ha logrado expandir su tecnología a más de 400 hectáreas de cultivos de exportación en distintas regiones de Chile, con aplicaciones en especies como uva, mandarina y arándano. También se ha reportado su uso en cultivos como olivos y paltos, con foco en fortalecer el sistema radicular, mejorar la absorción de nutrientes y optimizar el manejo del riego.
TACHI se define como una empresa de biotecnología chilena que nace para enfrentar tres desafíos críticos para la agricultura y los territorios: cambio climático, degradación del suelo y escasez hídrica. Su trabajo se basa en el desarrollo de soluciones vivas a partir de microalgas, capaces de contribuir a la regeneración de ecosistemas, optimizar el uso del agua y capturar carbono.
La empresa fue fundada por Johanna Contreras y Carlos Araya, y cuenta con un equipo interdisciplinario que combina áreas como biotecnología, ingeniería, educación, diseño, microbiología y procesos productivos. Entre sus integrantes figuran Carlos Araya, CEO y cofundador; Jonathan García, cofundador y PhD en Microbiología; Felipe Araya, COO; Johanna Contreras, cofundadora; y María Francisca Trujillo, encargada de laboratorio y bioprocesos de microalgas.
Más allá de la formulación de un bioinsumo ellos plantean su desarrollo bajo el concepto de "innovación viva", una mirada que busca integrar ciencia, territorio y producción agrícola. En términos prácticos, esto significa validar las soluciones en condiciones reales, junto a productores y equipos técnicos, midiendo variables como humedad de suelo, vigor vegetativo, floración, brotación y captura de carbono.
La innovación de TACHI consiste en la aplicación de microalgas vivas mediante fertirriego. Estas microalgas entregan fitohormonas y compuestos bioactivos que buscan fortalecer el metabolismo vegetal desde las primeras etapas de desarrollo hasta la cosecha.
A nivel agronómico, la solución apunta a tres efectos principales. El primero es mejorar la condición del suelo, favoreciendo su estructura y capacidad de retención de agua. El segundo es aumentar la eficiencia hídrica, ayudando a que los cultivos puedan responder de mejor forma a escenarios de escasez. El tercero es aportar al secuestro o captura de carbono mediante biomasa microalgal, incorporando una dimensión climática a la solución agrícola.
Desde su planta en Coquimbo, la empresa opera más de 20 fotobiorreactores de 1.000 litros, los que funcionan como unidades de cultivo de microalgas. Estos sistemas permiten transformar dióxido de carbono en oxígeno y biomasa, dentro de un proceso que la compañía proyecta tanto para la agricultura como para soluciones de captura y almacenamiento de CO₂.
Para una audiencia agrícola, el aspecto central está en que esta tecnología se integra al sistema de riego. No se presenta como una intervención aislada, sino como una herramienta compatible con manejos productivos existentes, especialmente en predios que ya operan con fertirriego y buscan mejorar la eficiencia de sus recursos. Ver ficha técnica aquí
Uno de los puntos que ha llamado la atención del sector es la validación alcanzada por TACHI en más de 400 hectáreas agrícolas. De acuerdo con la información disponible, la tecnología se ha implementado en predios de las regiones de Antofagasta, Atacama, Coquimbo, Maule y Biobío, territorios que representan distintas realidades productivas, pero que comparten desafíos asociados al agua, la calidad de suelo y la resiliencia de los cultivos.
En el caso de los cultivos de exportación, la empresa ha trabajado con especies como uva, mandarinas y arándanos. También se han mencionado experiencias en olivos, paltos y nogales, cultivos donde el estrés hídrico, la salinidad y el desarrollo radicular son variables críticas para sostener producción y calidad.
Los resultados reportados por agricultores que han utilizado la tecnología apuntan a mejoras en vigor de plantas, recuperación de suelos, desarrollo radicular, eficiencia hídrica y reducción del uso de fertilizantes convencionales. Para el sector agrícola, estos elementos son especialmente relevantes, ya que conectan directamente con costos productivos, productividad por hectárea y sostenibilidad de largo plazo.
La escasez hídrica se ha transformado en una de las mayores amenazas para la agricultura chilena, especialmente en zonas del norte y centro del país. En ese contexto, cualquier herramienta que permita mejorar la eficiencia del agua, sostener la productividad y fortalecer el suelo adquiere valor estratégico.
Según antecedentes difundidos sobre la tecnología, TACHI ha reportado una reducción cercana al 30% en el consumo de agua de riego tras dos temporadas de aplicación continua, además de un incremento aproximado de 30% en la capacidad de retención de agua del suelo. Si bien estos resultados requieren seguir profundizándose por especie, zona productiva y condición de manejo, representan una señal relevante para productores que buscan alternativas frente al estrés hídrico.
Para la agricultura de exportación, el tema no solo tiene una dimensión productiva. También existe una creciente presión de mercados, retailers y consumidores por conocer la huella hídrica, la huella de carbono y las prácticas de sostenibilidad asociadas a los alimentos. En ese sentido, tecnologías como las de TACHI podrían integrarse a estrategias de diferenciación y cumplimiento de estándares ambientales.
La empresa también está incorporando una dimensión climática a su desarrollo. Según explicó Carlos Araya, CEO de TACHI, la compañía ha avanzado en resultados ligados a carbono y busca seguir ampliando sus validaciones agrícolas. Ver ficha técnica aquí
"En nuestro primer año hemos contribuido a la fijación de 25 toneladas de carbono, reduciendo la huella de la industria agrícola. Buscamos ampliar nuestra validación a nuevos frutales y hortalizas", destacó Araya.
El dato es relevante porque muestra una tendencia que comienza a tomar fuerza en el sector: la agricultura no solo será medida por su rendimiento, calibre o condición de fruta, sino también por su capacidad de reducir, capturar o compensar emisiones. En ese punto, la convergencia entre bioinsumos, suelo, agua y carbono puede abrir nuevas oportunidades para empresas agrícolas que buscan fortalecer su posición en mercados más exigentes.
El avance de TACHI ha generado interés más allá de Chile. De acuerdo con la información entregada por la compañía, ya se han recibido consultas desde Perú, Ecuador y México, países que también enfrentan desafíos de agua, suelo y productividad en cultivos agrícolas y frutícolas.
Johanna Contreras, cofundadora y directora tecnológica de TACHI, explicó que el interés de esos mercados responde a resultados observados en variables productivas concretas. "Buscan replicar los buenos resultados obtenidos en calibre, producción, recuperación de suelo y uso eficiente del agua en cultivos con condiciones similares a las de Chile", afirmó.
Para la startup, este interés internacional llega en un momento clave. Actualmente se encuentra en proceso de levantamiento de capital para escalar su operación y avanzar en certificaciones internacionales. Entre sus principales desafíos figuran consolidarse como proveedor biotecnológico de la agroexportación chilena, proteger su propiedad intelectual y cumplir los requisitos técnicos y regulatorios necesarios para ingresar a nuevos mercados.
TACHI cuenta con apoyo de CORFO y forma parte de los portafolios de Socialab y Climatech. Además, participa en redes como Agrotech Studio, Climatech Chile y ChileMass, espacios que pueden ser relevantes para conectar su tecnología con productores, inversionistas, instituciones y potenciales socios estratégicos.
La compañía posee actualmente un nivel de madurez tecnológica TRL 6, lo que significa que su desarrollo ya se encuentra en una etapa de validación en entornos relevantes. Para el mundo agrícola, este punto es importante, porque muchas soluciones innovadoras no logran salir del laboratorio o de pruebas controladas. En este caso, la empresa ya está trabajando con validaciones en terreno y con productores reales.
Varinka Farren, directora de Hub APTA y mentora de TACHI en Socialab, valoró el avance de la compañía y enfatizó la necesidad de proyectar la tecnología hacia otros mercados."Necesitamos que alcancen la internacionalización de la tecnología, que es algo que estamos trabajando a través de estas mentorías", señaló.
Además de sus bioestimulantes basados en microalgas, TACHI trabaja en otros desarrollos orientados a la agricultura del desierto. Entre ellos se encuentra un hidrogel con microalgas, cofinanciado por CORFO, que combina la capacidad de retención de agua de los hidrogeles tradicionales con la función fotosintética de las microalgas.
Esta solución busca liberar gradualmente nutrientes como nitrógeno y fósforo, mejorar la eficiencia del riego, promover la fijación de CO₂ y generar oxígeno para favorecer la salud del suelo y la productividad de los cultivos.
La empresa también desarrolla un prototipo de bloqueador solar orgánico de microalgas para agricultura en el desierto, con pruebas preliminares realizadas en Tierra Amarilla mediante drones. Este tipo de innovación responde a un problema cada vez más visible en zonas agrícolas expuestas a alta radiación: el estrés térmico y el daño asociado a golpes de sol, particularmente en frutales y hortalizas.
Para el sector agrícola, la propuesta de TACHI se inserta en una discusión mayor: cómo enfrentar la crisis hídrica y climática sin perder competitividad. La respuesta no estará en una sola tecnología, sino en la integración de múltiples soluciones: riego tecnificado, monitoreo de suelo, genética adaptada, manejo nutricional, bioinsumos, agricultura regenerativa, eficiencia energética y medición de impactos.
En ese marco, las microalgas aparecen como una alternativa con potencial, especialmente si logran demostrar resultados consistentes por especie, zona agroclimática y modelo productivo. La clave estará en seguir validando datos, transparentar metodologías, avanzar en certificaciones y generar confianza técnica entre agricultores, asesores y exportadoras.