El “ejército” invisible bajo el suelo: bacterias nativas que podrían empujar la agricultura sostenible en México

Investigadores de la UNAM mapearon comunidades microbianas en agroecosistemas ancestrales de la Mixteca Alta; el hallazgo abre la puerta a bioinsumos locales, pero exige validación en campo, control de calidad y reglas claras.

02-ene-2026

Fuente y Fotografía: Diario Frutícola

En los titulares suena épico: un "ejército" de bacterias descubierto en México con potencial para potenciar la agricultura sostenible. Detrás de la metáfora, sin embargo, hay un mensaje muy concreto para el agro: el suelo es un sistema vivo y, si se entiende y se maneja mejor, puede transformarse en una palanca real para sostener productividad con menos dependencia de insumos químicos.

El trabajo que alimenta esta noticia se desarrolló en el Geoparque Mundial UNESCO Mixteca Alta, en Oaxaca, un territorio donde la relación entre paisaje y agricultura viene escrita desde hace miles de años.

Allí, sistemas de terrazas como los "lamabordos" -estructuras pensadas para lidiar con lluvias variables, erosión y acumulación de sedimentos- han permitido mantener rendimientos agrícolas en condiciones climáticas extremas y cambiantes, de acuerdo con UNESCO.

La investigación, liderada desde la Unidad Académica de Estudios Territoriales (UAET) Oaxaca del Instituto de Geografía de la UNAM, no "encontró" una bacteria única y salvadora: caracterizó comunidades completas. Con técnicas de secuenciación del gen 16S rRNA, el equipo analizó la composición y diversidad de bacterias en suelos de tres agroecosistemas tradicionales del geoparque (lama-bordos, terrazas y valles) y, a partir de esos datos, proyectó funciones metabólicas vinculadas a fertilidad, ciclado de nutrientes y supresión de enfermedades.

¿Qué bacterias aparecen como protagonistas?

En los sitios evaluados se reporta una alta diversidad (21 filos bacterianos) y, en particular, una presencia destacada de Proteobacteria, Acidobacteria, Actinobacteria y Chloroflexi, grupos ampliamente asociados a procesos clave del suelo, desde descomposición de materia orgánica hasta transformaciones que afectan la disponibilidad de nutrientes. Ver más aquí

En el "zoom" a nivel de familias, aparecen nombres que los microbiólogos agrícolas reconocen por su potencial funcional: Solibacteraceae (relacionada en la literatura con protección frente a ciertos patógenos fúngicos y participación en ciclos de carbono) y Sphingomonadaceae (reportada como antagonista de patógenos y promotora del crecimiento vegetal), entre otras.

La promesa, entonces, no es menor: si se logran aislar, formular y validar consorcios o cepas nativas con desempeño consistente, podrían desarrollarse biofertilizantes o bioestimulantes locales "a la medida" del territorio, capaces de mejorar eficiencia de uso de nutrientes y reducir parte del peso de los agroquímicos.

La idea conversa con una tendencia global: frente a los impactos ambientales del uso intensivo de fertilizantes, la investigación en biofertilizantes basados en microorganismos benéficos (como PGPR, bacterias promotoras del crecimiento vegetal) se ha expandido porque pueden favorecer el crecimiento mediante fijación de nitrógeno, producción de hormonas y solubilización de nutrientes, entre otros mecanismos.

En México, además, hay un debate regulatorio abierto: revisiones recientes advierten vacíos y ambigüedades en cómo se registran y clasifican los inoculantes microbianos, con productos que terminan catalogados de forma poco específica, lo que vuelve más urgente establecer estándares claros de evaluación y calidad.

En términos prácticos, la noticia deja tres señales potentes para el sector agrícola. Primero, el valor de mirar el suelo como activo biológico y no solo como sustrato: prácticas que sostienen materia orgánica y estructura (y reducen estrés microbiano) suelen crear condiciones más favorables para estos "aliados invisibles". Segundo, el potencial de rescatar soluciones territoriales: microorganismos nativos y sistemas de manejo local podrían rendir mejor que recetas importadas cuando el objetivo es estabilidad y resiliencia.

Tercero, la cautela: en bioinsumos, el "qué" importa tanto como el "cómo": cepa correcta, dosis correcta, portador adecuado, vida útil, compatibilidad con agroquímicos y un respaldo técnico que no se quede en laboratorio. Ver más aquí.

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