Fernando Santibáñez, Doctor en Bioclimatología, Universidad de Chile
13-mar-2026
Fuente y Fotografía: Diario Frutícola | Por: Andrea Bustos
En esta entrevista, Fernando Santibáñez entrega el escenario climático y los aspectos productivos y comerciales a mirar. Desde el monitoreo de umbrales térmicos hasta la estrategia por macrozonas.
En la fruticultura chilena ya no alcanza con "mirar el cielo" y confiar en la experiencia acumulada: hoy el clima exige lectura fina, anticipación y decisiones tomadas con información. Esa es la premisa que atraviesa esta conversación con el profesor Fernando Santibáñez, una entrevista pensada para productores y exportadores que están cerrando la temporada con la vista puesta en el próximo ciclo, preguntándose qué señales vale la pena seguir, dónde estarán los principales riesgos y cómo proteger la competitividad sin convertir la gestión climática en un costo imposible de sostener.
Santibáñez no habla desde la intuición, sino desde una trayectoria que lo ha convertido en una referencia regional en bioclimatología y en la comprensión de cómo las plantas "leen" el ambiente.
Con ese respaldo, el académico aterriza el diagnóstico para los próximos meses con un mensaje que interpela directo al campo: el cierre de la temporada podría venir marcado por temperaturas "más bien tibias" durante el otoño, con una persistencia por sobre el promedio que incluso podría extenderse hacia invierno, en un contexto donde La Niña se debilita y el océano frente a Chile mantiene aguas relativamente cálidas.
Y aquí aparece una advertencia para la planificación del huerto: cuando se configura este cuadro, es frecuente que se activen brotaciones anticipadas en la temporada siguiente, aumentando la exposición a heladas tardías, aun cuando esas heladas no sean extremas.
Uno de los aportes más útiles de esta entrevista es que no se queda en la descripción, sino que empuja a priorizar. Santibáñez plantea que, para enfrentar heladas de primavera, lo más racional es combinar algún sistema de control con un sistema de alerta sólido, precisamente para evitar sobrerreaccionar y cargar costos innecesarios.
En paralelo, aborda cómo el fenómeno de El Niño/La Niña trasciende fronteras y termina influyendo en precios, oferta y ventanas comerciales, porque sus impactos en países competidores como Perú y Argentina se reflejan en volúmenes exportables y, en definitiva, en el tablero competitivo donde Chile juega cada temporada.
Lo más característico del fin de esta temporada agrícola podrían ser las temperaturas que se mantendrían más bien tibias durante el otoño. El fin de La Niña y la abundante extensión de aguas más bien tibias del océano frente a las costas chilenas tenderán a mantener un clima más bien templado hasta bien avanzado el invierno. Sin llegar a ser un otoño extremadamente cálido, lo más notable será la persistencia de temperaturas por sobre el promedio estadístico, condición que podría mantenerse durante el invierno.
Si nos atenemos a lo más probable, un clima ligeramente más cálido, aire más bien húmedo y lluvias cercanas o superiores a la normalidad.
Por lo general en años que se da este cuadro, tenemos brotaciones anticipadas en la próxima temporada, lo que aumenta la exposición a las heladas tardías, por leves que estas sean.
Los cambios en la estructura del huerto son medida más a largo plazo. Para enfrentar las heladas de primavera lo más racional es disponer de algún sistema de control, combinado con un buen sistema de alerta, de modo de no sobre reaccionar para no sobrecargar costos. Si no se cuenta con sistema de control, se debe retrasar la poda y las aplicaciones de cianamida, junto con iniciar el riego lo más temprano posible en primavera.
Considerando las excepcionales condiciones climáticas de Chile, con lluvias concentradas en invierno, veranos secos, y sin grandes extremos térmicos, cualquiera especie tiene buenas posibilidades si aplicamos buenas prácticas de gestión. Que una especie gane o pierda con el cambio climático dependerá de la capacidad que tengamos, en cada región, de encontrar una tecnología de producción que la ponga a resguardo de las adversidades climáticas, sin perder competitividad.
En esto se entrecruzan aspectos productivos con aspecto económicos y de mercado. Resolver la ecuación de la competitividad pasa por un conocimiento profundo de los impactos del cambio climático, las técnicas para mitigar esto impactos y la relación costo beneficio de hacer las transformaciones tecnológicas que se requieran. Es peligroso hacer generalizaciones, pues las distintas regiones tendrán problemas distintos.
De Santiago al norte la escasez hídrica tendrá primera prioridad, de O'Higgins a Biobío las elevadas temperaturas estivales deberán concentrar nuestra atención y de La Araucanía al sur, las lluvias, las heladas y las condiciones de maduración recibirán la mayor atención. Esto es una generalización pues muchas veces dentro de una misma región hay más contraste entre el interior y la costa, que entre regiones.
En ello radica la necesidad de monitorear las condiciones climáticas de modo de ir acompañando el desarrollo de los arboles para saber cuando intervenir para disminuir el estrés bioclimático a que les somete el clima. Una secuencia de tres días con temperaturas sobre los 25°C, sostenida por más de tres horas/día es una potente señal que el árbol (carozos) interpreta como una invitación a salir del reposo, aunque técnicamente el invierno no haya concluido.
En Pomáceas la señal de brotación parece estar más asociada con una acumulación de días-grado por sobre los 20°C, en uva la señal parece aún más compleja combinando horas sobre un determinado umbral con la calidad y cantidad de frio invernal, al punto que sin frío invernal el ciclo se indetermina.
Aun tenemos tareas si queremos descifrar el código de conducta de las plantas que nos alimentan, solo cuando lo hayamos hecho no solo las entenderemos, sino podremos ayudarles a mejor cumplir sus metas productivas con intervenciones tecnológicas.
El fenómeno El Niño/La Niña es un fenómeno que afecta al clima a nivel a nivel planetario, pero mayormente en Las Américas y Oceania. El Niño (aguas tibias en la costa Pacifico de Sudamérica) tiene a provocar intensas lluvias en el lado occidental y el cono sur (Los Andes y Argentina) y sequias en el lado oriental (sur de Brasil al norte. Para argentina puede significar grandes pérdidas por inundación, problemas sanitarios y fuertes granizadas.
En el sur, en la meseta central y NE de Brasil se generan sequias, afectando grandemente a la agricultura. En el norte de Peru la fruticultura sufre perdidas por lluvias extremas. En Chile, sumando y restando, El Niño deja un saldo más bien positivo al permitir una recuperación de las cuencas estresada durante Las Niñas. Todo esto se ve reflejado en los volúmenes exportables de nuestros competidores más cercanos: Perú y Argentina. La agricultura es así, cuando unos ganan, otros pierden.
El mensaje es que necesitamos prepararnos a través de un proceso gradual de adaptación que involucra cambios de uso del suelo, técnicas de protección de cultivos, gestión de riesgos y un sistema de decisión ágil pues las respuestas deberán ser más rápida en el futuro, solo así mantendremos la competitividad y la capacidad exportadora de Chile.
Debemos comprender que desarrollo y sustentabilidad son dos conceptos indisociables. Desarrollo sin sustentabilidad conduce a ganancias rápidas, pero sin proyección en el tiempo. Sustentabilidad sin desarrollo no cumplirá con las metas económicas y sociales tan propias de la agricultura. Hoy tenemos ciencia y conocimientos suficientes para avanzar al futuro armonizando ambos paradigmas, aunque el cambio climático nos la ponga difícil.