María Teresa Muñoz Quezada, es psicóloga, profesora asociada de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Chile e investigadora del Centro Avanzado de Enfermedades Crónicas (ACCDiS) y consejera de la International Society for Environmental Epidemiology (ISEE) por América Latina y el Caribe
07-abr-2026
Fuente y fotografía: Cienciaenchile.cl
Cada 7 de abril se conmemora el Día Mundial de la Salud. Esta vez, un estudio publicado recientemente en Scientific Reports aborda una problemática socioambiental y sanitaria: el impacto de la exposición ambiental a pesticidas en la salud mental de comunidades rurales de la región del Maule.
Por más de una década, habitantes de la comuna de San Javier y Cauquenes e integrantes de la Agrupación Maule Sur por la Vida han denunciado síntomas de enfermedades y proliferación excesiva de moscas provenientes del Criadero de Cerdos Coexca, ubicado en la zona y que abarca cerca de 1100 hectáreas.
Junto con presentar el caso al Instituto Nacional de Derechos Humanos, se vincularon con investigadores de la Universidad Católica del Maule (UCM) y la Universidad de Chile (UCHILE) para analizar la coexposición a agroquímicos y sus efectos en la salud de las personas. La investigación tomó muestras de suelo y agua de 45 hogares próximos al criadero y a predios de producción agrícola en busca de residuos de agrotóxicos. A su vez, evaluaron síntomas de depresión, ansiedad y estrés en 82 adultos.
La Dra. en Salud Pública, María Teresa Muñoz Quezada, es psicóloga, profesora asociada de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Chile e investigadora del Centro Avanzado de Enfermedades Crónicas (ACCDiS) y consejera de la International Society for Environmental Epidemiology (ISEE) por América Latina y el Caribe. Fue líder de esta investigación (FONDECYT Regular N.º 1240899 "Exposición ambiental a plaguicidas y efectos neuroconductuales y neurofisiológicos en adultos de comunidades rurales de la región del Maule, Chile".) y en esta entrevista con CienciaenChile.cl entrega detalles sobre el uso de insecticidas y cómo su permanencia en el ambiente perjudica la salud física y mental de las personas expuestas a ellos.
¿Por qué surge la necesidad de investigar la conexión entre insecticidas y la salud mental?
La necesidad de investigar la conexión entre insecticidas y salud mental surge de una preocupación por sus efectos más allá del control de plagas. Nos interesa estudiar insecticidas tanto de uso doméstico como aquellos utilizados en la agricultura y la cría de animales. Estas sustancias están diseñadas para eliminar insectos mediante la alteración de sistemas neurobiológicos, en particular a través de la inhibición de enzimas involucradas en la regulación de neurotransmisores. Sin embargo, estos mismos mecanismos pueden afectar también a los seres humanos, generando alteraciones en funciones motoras, cognitivas y fisiológicas.
El interés por esta línea de investigación se originó a partir del trabajo en terreno. En comunidades rurales, observamos que en escuelas cercanas a zonas de aplicación de agroquímicos algunos niños presentaban dificultades atencionales. Esta coexistencia entre exposición ambiental y manifestaciones neuroconductuales motivó la necesidad de profundizar en el análisis de una posible asociación, considerando tanto la magnitud de la exposición como sus efectos en la salud mental.
¿Qué efecto tienen estos residuos en el desarrollo neurológico de las personas que se exponen a ellos?
El efecto de estos residuos en el desarrollo neurológico depende de la dosis, la duración y el momento de la exposición. Distintos insecticidas actúan sobre el sistema nervioso mediante mecanismos complementarios. Por ejemplo, los organofosforados inhiben la acetilcolinesterasa, generando una acumulación de acetilcolina y una alteración de la transmisión sináptica. En cambio, los piretroides actúan sobre los canales de sodio voltaje-dependientes, prolongando su apertura y produciendo hiperexcitabilidad neuronal.
En exposiciones agudas a altas dosis, ambos pueden provocar cuadros de intoxicación con manifestaciones neurológicas evidentes. Sin embargo, en exposiciones crónicas a bajas dosis, más frecuentes en contextos ambientales y domésticos, se han descrito alteraciones neurocognitivas (como déficit atencional y de memoria) y cambios neuroconductuales.
Además, mecanismos como el estrés oxidativo y la neuroinflamación, junto con la alteración de sistemas de neurotransmisión (incluido el serotoninérgico), pueden contribuir a síntomas de ansiedad y depresión. En este contexto, los plaguicidas no actúan directamente sobre la serotonina, sino de manera indirecta: la disrupción colinérgica (en el caso de los organofosforados) y la hiperexcitabilidad neuronal (en piretroides) pueden modificar la liberación, recaptación y sensibilidad de los receptores serotoninérgicos. A esto se suma el daño oxidativo y posibles alteraciones en la síntesis de serotonina, lo que en conjunto puede influir en la regulación del ánimo y la conducta, especialmente en poblaciones expuestas en condiciones de vulnerabilidad social y ambiental.
¿Qué otros estudios hay sobre esta relación?
Hay revisiones sistemáticas. En 2023 realizamos una, en la que encontramos que la exposición a plaguicidas se asocia con mayor presencia de síntomas depresivos. Además, la Organización Mundial de la Salud ha alertado sobre el vínculo entre agroquímicos y suicidio, particularmente en contextos rurales.
Otros estudios muestran que las personas que trabajan expuestas a estos compuestos no solo presentan mayor frecuencia de depresión, ansiedad y otros trastornos de salud mental, sino que también utilizan los propios plaguicidas como medio de autolesión, lo que evidencia una doble carga de riesgo asociada a la exposición.
¿Por qué es tan importante que estos estudios se hagan en zonas rurales de Chile, sobre todo en la zona central?
Bueno, no es algo que se nos ocurriera solo a nosotros. La relevancia de realizar estos estudios en zonas rurales de Chile, especialmente en la zona central, responde a evidencia acumulada a nivel internacional. En contextos de agricultura intensiva, se ha documentado consistentemente una asociación entre la exposición a plaguicidas y diversos efectos en la salud física y mental. Por ejemplo, la exposición a herbicidas como el paraquat se ha vinculado con la enfermedad de Parkinson; compuestos como el diazinón con ciertos tipos de cáncer; y los organoclorados (aunque prohibidos en Chile, pero persistentes en el ambiente) con alteraciones del neurodesarrollo y efectos adversos en la salud reproductiva.
Desde nuestra experiencia en terreno, estas preguntas adquieren un sentido más concreto. En regiones como Maule, O'Higgins y Coquimbo, donde existe un uso intensivo de plaguicidas, observamos comunidades que viven y trabajan en proximidad a estas fuentes de exposición durante años. Esto no solo implica una mayor probabilidad de contacto, sino también una exposición acumulativa en contextos donde las condiciones sociales y ambientales pueden aumentar la vulnerabilidad.
Por eso, más que describir el uso de plaguicidas, nuestro interés es generar evidencia situada sobre cómo estas exposiciones se expresan en la salud de las personas. Se trata de comprender lo que está ocurriendo en estos territorios y aportar antecedentes que permitan orientar decisiones en salud pública y mejorar la calidad de vida de las comunidades.
Estos residuos de organofosforados y piretroides, ¿cuánto tiempo pueden permanecer en el ambiente?
Depende del tipo de plaguicida y de las condiciones ambientales. No todos tienen la misma persistencia. Por ejemplo, los organoclorados, aunque están prohibidos desde hace años, son altamente persistentes y pueden permanecer en el ambiente por décadas; en estudios previos aún los hemos detectado en trazas. En cambio, los organofosforados tienden a degradarse más rápido, generalmente en semanas a un par de meses, mientras que los piretroides pueden persistir desde días hasta varias semanas, dependiendo de factores como la radiación solar, la temperatura y el tipo de superficie.
En el caso de los insecticidas de uso doméstico, su permanencia suele ser más corta, del orden de días, pero esto no significa que la exposición sea menor. En la práctica, lo que observamos es una aplicación repetida en el tiempo, por ejemplo, semanal, lo que genera una exposición continua o acumulativa en los hogares.
Desde nuestra experiencia en terreno, esto es relevante porque las personas que utilizan estos productos de forma frecuente, especialmente para el control de moscas, reportan con mayor frecuencia síntomas como cefalea persistente, irritación cutánea o eccemas. Esto muestra que, más allá de la persistencia individual de cada compuesto, el patrón de uso es un determinante clave de la exposición real.
¿Qué hallazgos fueron los más relevantes?
Uno de los hallazgos que más nos preocupó fue la detección de residuos de plaguicidas en matrices ambientales cercanas a las viviendas, particularmente en agua y suelo peridoméstico. En algunas viviendas encontramos concentraciones que superan ampliamente los valores de referencia internacionales, especialmente para el diazinón, que en Chile sigue en uso y ha sido clasificado como probablemente cancerígeno por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC).
También nos llamó la atención la presencia de clorpirifos en concentraciones elevadas. Si bien su uso fue prohibido en 2022 por el Servicio Agrícola y Ganadero, su detección sugiere uso residual o disponibilidad de stock previo a la prohibición. A esto se suma la identificación de piretroides como lambda-cialotrina, lo que evidencia una coexposición a distintos tipos de insecticidas en el entorno inmediato de las viviendas.
Desde el trabajo en terreno, estos resultados cobran aún más sentido. Observamos que muchas comunidades rurales dependen de sistemas de abastecimiento de agua que pueden contaminarse en el almacenamiento, y viven en espacios donde el uso doméstico y agrícola de plaguicidas converge. En el suelo peridoméstico identificamos esta mezcla de compuestos, clorpirifos, diazinón y piretroides, lo que refleja una exposición simultánea y sostenida, particularmente relevante en regiones como el Maule, donde estos productos presentan altos niveles de comercialización.
¿Cuál debería ser el actuar de las autoridades regionales frente a esto?
El llamado es a avanzar en una respuesta más integral que combine regulación, fiscalización y prevención. Por un lado, es necesario trabajar con las empresas del sector para que mejoren sus prácticas productivas, especialmente en el manejo de residuos y la aplicación intensiva de agroquímicos. Si son industrias con acceso a tecnología y recursos, debiesen poder implementar procesos más limpios. A esto se suma lo que ocurre en predios cercanos, donde el uso de guanos sin tratamiento adecuado favorece la proliferación de vectores y aumenta el uso de insecticidas, afectando la calidad de vida de las comunidades.
El Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) ha avanzado en la regulación y fiscalización, pero aún existen brechas. Por ejemplo, no hay claridad sobre la circulación informal de plaguicidas ni sobre el uso de productos que ya no se pueden vender, pero que aún están almacenados y se utilizan, como el clorpirifos. Esto hace necesario fortalecer los sistemas de control y trazabilidad.
Desde nuestros resultados, que hemos compartido con la autoridad sanitaria de la Región del Maule, vemos elementos que aumentan la preocupación. Encontramos que una proporción importante de las personas presenta mayor susceptibilidad biológica, es decir, metaboliza más lento estos compuestos, lo que prolonga su permanencia en el organismo. Además, detectamos diazinón en un porcentaje relevante en el suelo peridoméstico y el agua de las viviendas de los participantes.
Por eso, es clave reducir la presencia de estos plaguicidas en el ambiente. No solo se asocian a daño genético, sino también a efectos hormonales y del desarrollo. Considerando que hay personas más susceptibles, la exposición no afecta a todos por igual, lo que refuerza la necesidad de medidas de protección más específicas para estas comunidades.
Generalmente uno pone atención a las afecciones de salud físicas, ¿cuáles son los desafíos que hay para estudiar la salud mental desde la temática de la contaminación ambiental?
La salud mental es tan relevante como la salud cardiovascular o endocrina. Sin embargo, aún persiste la idea de separar mente y cuerpo, a pesar de la evidencia que muestra que están profundamente integrados. Los estados de ánimo, las emociones y el bienestar psicológico no solo dependen de factores sociales o de las oportunidades de vida, sino también del funcionamiento biológico del cerebro y de las condiciones ambientales en las que vivimos.
Desde el punto de vista científico, uno de los principales desafíos es comprender cómo los contaminantes afectan procesos neurobiológicos. Muchos plaguicidas actúan como neurotóxicos, alterando la neurotransmisión y generando efectos que no se limitan a lo cognitivo (como la memoria o la atención), sino que también alcanzan la regulación del ánimo. De hecho, algunas alteraciones atencionales que observamos en personas con depresión también se presentan en personas expuestas a estos compuestos, incluso sin un diagnóstico clínico, lo que sugiere mecanismos neuroquímicos compartidos.
Somos parte de un mismo sistema, lo que ocurre en el ambiente se expresa también en nuestro cuerpo y en nuestra mente. No es posible separar la salud humana de la salud de los ecosistemas. Nuestras ideas, emociones, la capacidad de reflexionar o vincularnos con otros, dependen de procesos biológicos que están influenciados por las condiciones ambientales en las que vivimos.
Por eso, cuando hablamos de contaminación no nos referimos solo a un problema externo, sino a un determinante directo del bienestar físico y mental. En ese sentido, proponemos avanzar en el desarrollo de tecnologías y en la mejora de las prácticas productivas, particularmente en la agricultura y la crianza de animales, de manera que sean compatibles con la salud de las personas y de los territorios.
Ahora bien, más allá de los datos, es importante situarse en la experiencia cotidiana de las comunidades. Imaginen lo que significa vivir todos los días del año en un entorno con malos olores persistentes, presencia constante de moscas y exposición a agroquímicos. ¿Cómo se sentirían? ¿Qué pensarían? ¿Qué harían?